Opinión

Andrew Sheng & Xiao Geng


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2017/10/27Modernidad con características chinas



Al inicio del XIX Congreso del Partido Comunista de China (PCCh) este mes, el presidente Xi reveló su “plan de desarrollo de dos etapas” para convertir a China en un “estado socialista moderno” para el 2035. Desde entonces, comentaristas han debatido furiosamente el tema del resurgimiento de China y la concentración de poder de Xi, alejándose de entender el objetivo principal del congreso.

 

El plan de Xi es más simple y fácil de entender de lo que la mayoría de observadores piensa. Tal como sus predecesores Mao Zedong y Deng Xiapoing, Xi ha establecido una estrategia para transformar a China en un país “prospero, fuerte, democrático, culturalmente avanzado, armonioso y bello” dentro de las próximas décadas. La llave al éxito será el balance entre la modernidad y el socialismo liderado por el PCCh.

 

Cuando Xi se convirtió en líder del PCCh en el 2012, habían grietas profundas en el modelo de desarrollo legado a él por Deng y el dominante modelo occidental neoliberal basado en mercados abiertos y libres. El rápido crecimiento industrial de China había provocado un nivel desenfrenado de corrupción, una creciente desigualdad de ingresos y alto índices de contaminación. Países occidentales también estaban enfrentando una creciente desigualdad, ya que venían tambaleándose de una crisis global provocada por ellos mismos – una crisis que, entre otras cosas, disminuyó su apetito por las importaciones chinas.

 

Reconociendo que el desarrollo sostenible sería posible solo dentro de un contexto de estabilidad social y gobernanza creíble y transparente, Xi dedicó los último cinco años a una campaña anticorrupción sin precedentes que trajo abajo a 440 oficiales de alto rango. También implementó más de 1,500 medidas de reformas diseñadas para equilibrar la economía, estabilizando así el crecimiento anual del PBI a una “nueva normalidad” del 6.7%, en promedio, durante su primer mandato.

 

El primer mandato de Xi sentó las bases para el ambicioso plan que dio a conocer en el XIX Congreso Nacional. El plan establece un objetivo claro y realista a corto plazo de convertir a China en una “sociedad moderadamente próspera” para el 2021, incluyendo el aumento de los ingresos per cápita a más de US$12,000 por año, umbral establecido por el Banco Mundial para una economía de altos ingresos.

 

El informe también establece una estrategia a largo plazo para lograr el muy proclamado “sueño chino” de Xi- es decir, el “rejuvenecimiento” y el establecimiento del país como líder global, a la par con los Estados Unidos y otros países desarrollados – al 2049. Según la visión de Xi, un PCCh transparente, comprometido, empoderado y socialmente responsable actuará como guardián de esta transición.

 

Es un plan perfectamente lógico, aunque complejo. Sin embargo, parece algo incomprensible para la gente fuera de China. Esto puede ser porque, a diferencia del modelo estándar occidental de partidos políticos competitivos que utilizan elecciones periódicas para dirigir la política, el modelo de desarrollo chino depende de la capacidad del liderazgo de un partido de aprender y adaptar su agenda conjuntamente.

 

Para un país tan grande y diverso como China, este enfoque tiene sentido, ya que equilibra la estabilidad con la flexibilidad. El desarrollo del país es guiado no por los resultados en mercados descentralizados, pero por elecciones de un gobierno central, que preside sobre la provisión de bienes públicos, establece reglas y administra instituciones. A fin de evitar los tipos de interrupciones sociales que la competencia política puede traer, el gobierno central también designa funcionarios provinciales y municipales y resuelve conflictos entre regiones.

 

Mientras tanto, los gobierno regionales y municipales participan en la experimentación de políticas a nivel local, donde los mercados y las comunidades interactúan, con los resultados de esos experimentos informando la política nacional. La competencia regional no solo promueve el crecimiento económico; también garantiza que las necesidades particulares de cada zona, desde mega ciudades como Beijing, hasta pueblos pequeños en el área rural de China, se cumplan. Tal como la situación en el campo cambia, con soluciones nuevas que a menudo crean problemas nuevos y no previstos, la adaptación continua en todos los niveles es vital.

 

Por supuesto que el predominio del estado no significa que los mercados no tengan un rol importante que desempeñar. Pero ese rol es muy a menudo malinterpretado. En décadas recientes, China ha utilizado empresas estatales (EPE) para construir infraestructura clave, con el fin de apoyar el desarrollo de los mercados chinos.

 

Hoy en día las EPE aún juegan un papel importante en la ingeniería social y en la investigación y el desarrollo, pero sus modelos de negocio están bajo la presión de la globalización y las tecnologías disruptivas. Es por eso que Xi ha incluido medidas dentro su plan para apoyar la continuidad de la apertura de mercado, incluyendo el uso de la ley de competencia para permitir a los mercados dictar precios, mejorar la asignación de recursos y aumentar su productividad.

 

Pero la liberación del mercado, en un contexto de globalización y rápidos cambios tecnológicos, también ha dado lugar a otra tendencia potencialmente perjudicial: la aparición de algunas gigantes ultra dominantes de la tecnología.  Además, la liberación del mercado a menudo ha superado con frecuencia los avances en la reglamentación y la ejecución, permitiendo abusos como la especulación y la evasión de impuestos.  

 

Dado esto, el gobierno de China, en los últimos años, ha fortalecido la reglamentación y la implementación en prácticamente todos los sectores. Es esta aparente contradicción – entre el objetivo establecido de liberalizar mercados y la realidad de regulaciones controladas – que parece confundir a los foráneos. Pero el hecho es que los aumentos de desequilibrios sociales pueden ser solo abordados mediante una intervención gubernamental eficaz que evite la captura o el tipo de parálisis que puede surgir del exceso de competencia política.

 

Otro elemento aparentemente contradictorio del plan de Xi es su insistencia en el liderazgo del partido en todos los asuntos nacionales, junto con la promesa de fortalecer el estado de derecho. Pero, una vez más, una mirada más cercana revela una simple lógica: la transición a un futuro en donde el estado de derecho es primordial requerirá que China supere su legado de silos burocráticos que afianzan resistencia a la reforma de intereses conferidos. Ello exigirá un liderazgo firme.

 

En un mundo que comprende una amplia gama de países, cada uno con su propio sistema complejo, dinámico y evolutivo, no puede haber un camino único de desarrollo para todos. Si bien todos los países pueden aspirar a estilos de vida, entornos empresariales y sistemas sociales similares, llegarán a su propia manera, de acuerdo a sus necesidades, preferencias, estructuras y legados particulares. Para China, ese camino ya ha sido trazado, con el entendimiento de que el mapa puede y será revisado según sea necesario.

Publicado en Project Syndicate, 25 de octubre de 2017