Opinión

Margaret Myers


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2018/02/27¿China entiende mejor a Latinoamérica que los Estados Unidos?



Además de notables logros económicos y algunos desafíos medioambientales, sociales y relacionados a la corrupción, el compromiso de China con América Latina en las últimas dos décadas ha generado una considerable ansiedad entre los funcionarios estadounidenses.

 

A principios de febrero, el secretario de estado, Rex Tillerson, expresó sus preocupaciones — y presumiblemente de las más amplias dentro de la administración de Donald Trump — sobre el ascenso de China en la región. El secretario Tillerson advirtió a América Latina acerca de sus lazos con la nación asiática, afirmando que "las ofertas chinas siempre tienen un precio", y describió las ambiciones de Beijing como imperialista. Observaciones similares fueron compartidas por el subsecretario del tesoro para asuntos internacionales, David Malpass, en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales el 2 de febrero.

 

Los esfuerzos de la administración para representar a China como un cuco (bogeyman en inglés) en América Latina han sido criticados o contrarrestados por varios académicos y funcionarios, incluso en América Latina. El 6 de febrero, el Ministro de Comercio Exterior y Turismo del Perú, Eduardo Ferreyros, respondió a los comentarios del secretario diciendo que China es un "buen socio comercial" y que el Perú es "muy cuidadoso con todas sus relaciones comerciales".

 

Sin embargo, la administración de Trump no es la primera en preocuparse por el ascenso de China en la región. El gobierno de Estados Unidos ha estado haciendo un balance de los intereses chinos en América Latina y el Caribe desde la década de 1990. Las preocupaciones surgieron con la firma de la empresa Hongkonesa Hutchinson Whampoa para manejar los puertos de ambos extremos del canal de Panamá en 1998. Las aventuras del multimillonario chino excéntrico Wang Jing en el canal de Nicaragua también fueron monitoreadas muy de cerca en Washington a partir del 2013. Y los intereses de China en Venezuela, incluyendo el apoyo financiero chino a los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás maduro, siguen siendo una fuente de preocupación para los funcionarios estadounidenses. 

Detrás de todo esto, e innumerables audiencias y paneles sobre el ascenso de China en la región, hay un sentir general de que los Estados Unidos corre el riesgo de perder influencia, competitividad y control en América Latina. La inquietud acerca de la presencia China fue relativamente infundada al inicio de la relación. A pesar de la afluencia de compañías chinas en el 2000, muchos lucharon con las burocracias de la región, se enredaron en entornos de inversiones difíciles, o experimentaron rupturas de comunicación con las comunidades locales. Las inversiones chinas fueron recibidas con considerable suspicacia. A pesar del comercio creciente, las perspectivas no eran especialmente positivas.

 

Una década y media más tarde, Estados Unidos tiene razón al preocuparse por su posición relativa. Las percepciones en la región de China y Estados Unidos prácticamente se han volteado. Según la encuesta Global de Actitudes de Pew, casi todas las economías más importantes de la región tienen ahora una visión más favorable de China que los Estados Unidos. Algunos países, como Brasil, han favorecido a China durante varios años, mientras que México y Perú vieron un aumento en la popularidad de China en 2017.

 

Por otro lado, las empresas estadounidenses se ven cara a cara con empresas chinas cada vez más experimentadas y capacitadas en América Latina, incluso en áreas como tecnología, finanzas y agricultura, donde las empresas estadounidenses han estado activas durante muchas décadas.

 

Los avances más recientes de China en América Latina se deben en gran parte a una serie de políticas cuidadosamente elaboradas que promueven los intereses propios del gigante asiático, al mismo tiempo que abordan las prioridades de desarrollo más importantes de América Latina. Si se aplican al 100% (queda por ver), políticas como el "marco de cooperación 1+3+6" apoyarían el desarrollo industrial en la región y diversificarían el comercio y la inversión. El documento de Política de China sobre América Latina y el Caribe 2016 va un paso más allá, proponiendo la cooperación en una amplia variedad de retos regionales y globales, incluyendo el cambio climático y la reforma de gobernanza global.

 

China también está preparada para abordar, al menos parcialmente, el evidente déficit de infraestructura en la región. América Latina no es aun formalmente parte de la iniciativa “un cinturón una ruta” (hasta el momento, solo Panamá ha firmado un acuerdo de cooperación en esta iniciativa), pero aun así China está llevando a cabo una serie de proyectos de infraestructura a gran escala en toda la región, muchos de los cuales son reminiscencias de los proyectos relacionados con el BRI en Asia. Además de las represas hidroeléctricas, la arquitectura de transmisión de electricidad y los proyectos de infraestructura en el sector extractivo, las empresas chinas están detrás de propuestas para una serie de planes de transporte interregionales. El ferrocarril Perú-Brasil sigue siendo de interés para China, a pesar de numerosos obstáculos políticos.

 

La posición relativa de China en la región también es discutiblemente fortalecida por las acciones estadounidenses en su propio territorio (por ejemplo, con respecto a la inmigración) y hacia la región latinoamericana. Algunos expertos, como Brian Winter de la revista “Americas Quarterly”, creen que la élite latinoamericana no se opone a muchas de las políticas de línea dura de Trump, ya sean nacionales o extranjeras, pero es seguro decir que Estados Unidos no está haciendo amigos en la región al revivir la doctrina Monroe, como lo hizo el secretario Tillerson a principios de este mes. Con las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica en un punto relativamente bajo, los retratos estadounidenses de China como un "nuevo poder imperial" suenan bastante huecos, especialmente considerando la tendencia histórica de Washington a sobrepasar sus límites en la región. 


En cualquier caso, no hay muchos ejemplos hasta ahora de Beijing intercambiando compromisos económicos por cumplimiento político en América Latina. La diplomacia de chequera relacionada con Taiwán es un ejemplo. Algunos apuntan a una decisión china en el 2010 para el embargo de las exportaciones argentinas de aceite de soja después de una disputa sobre medidas antidumping. Pero las evidencias de que China emplee su poder económico para fines políticos son limitadas, especialmente en comparación con los esfuerzos de otras grandes potencias. Como ha demostrado Ted Piccone, de Brookings, del 2006 al 2015, los votos de América Latina y el Caribe en las Naciones Unidas se alinearon más con los Estados Unidos y se desalinearon con China, a pesar de los crecientes lazos económicos entre China y la región. Dicho esto, el apalancamiento económico de China, junto con las asimetrías informativas, dificultan que algunos países hagan buenos tratos en las negociaciones bilaterales, aunque lo mismo puede decirse de las interacciones de la región con otros socios económicos.

 

Todo esto lleva a concluir que América Latina realmente no necesita una lección de los Estados Unidos sobre sus asuntos con China. A este punto, los gobiernos y las ONG de la región son conscientes de los beneficios y de los diversos desafíos asociados con el modelo de compromiso de China. Algunos han publicado extensos informes sobre consideraciones medioambientales, relaciones comerciales asimétricas, deudas crecientes y otros problemas. Argentina y Ecuador han trabajado en los últimos meses para renegociar los términos de petróleo por préstamos e infraestructura para servir mejor a sus intereses. 

Los intereses estadounidenses en América Latina — incluyendo vis-à-vis a China— se benefician mejor fortaleciendo los lazos entre Estados Unidos y América Latina, en lugar de resaltar los defectos de China. A medida que China se acerca a la región con una gran billetera y una lengua de plata, Estados Unidos debe aspirar a perseguir una política cada vez más orientada hacia la región, concentrándose en las áreas donde los Estados Unidos pueda hacer una diferencia real y "mutuamente beneficiosa". A pesar de la distancia geográfica, China reconoce el atractivo de la retórica inclusiva y la política orientada al desarrollo para los gobiernos latinoamericanos, tal vez mejor que los Estados Unidos en este momento.

 

Margaret Myers es directora del Programa Latinoamérica en el Dialogo Interamericano. 

Publicado en China US Focus, 27 de febrero 2018.