Opinión

David Gosset


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2018/12/17China quiere ser relevante, no dominante



En 1978, Deng Xiaoping no solo cambió el destino de su propio país, su visión también modificó el curso de la historia del mundo. En las últimas cuatro décadas, el éxito del gigante asiático ha cambiado la vida del pueblo chino para bien y ha creado una situación geopolítica en  la que el país claramente ha recuperado centralidad.

 

En este contexto, una manera de conmemorar el 40 aniversario de la reforma y apertura de Deng es tratando de responder la pregunta más importante de nuestra época: ¿será el resurgimiento de una antigua civilización que no es occidental una fuerza disruptiva, o pueden China y occidente diseñar dentro de una genuina relación de cooperación un nuevo orden internacional?

 

Una tercera trayectoria es más probable que los escenarios anteriores. Una coexistencia pacífica caracterizada por una mezcla de disputas y tensiones, pero también por tratados y diversos niveles de entendimiento podrían ser el telón  de fondo de las relaciones sino-occidentales.

 

El escenario de confrontación no debe ser ignorado

 

A pesar de su baja probabilidad, el escenario extremo de una confrontación sino-occidental no debe ser totalmente ignorado. Tanto occidente como China, aunque por distintas razones, podrían estar al inicio de una situación muy triste.

 

En reacción a la redistribución continua del poder, las fuerzas conservadoras en occidente podrían presionar para la contención de China con el objetivo de preservar el dominio occidental en los asuntos globales. Tal postura ocasionada por el temor de una pérdida en un juego de suma cero de representación mundial crearía una aldea global innecesariamente dividida y aumentaría el riesgo de escalada de lo que se convertiría en una rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China.

 

En el caso que China sufriera largas y severas dificultades económicas, algunos en China podrían hacer uso de la carta nacionalista para mantener estabilidad social y cohesión doméstica. Sin embargo, a pesar de los retos que enfrenta, la economía china sigue creciendo a más de 6.5% por año, mientras que emprendimientos masivos, un espíritu innovador  y la globalización de empresas chinas indican que el país más populoso del mundo ha pasado de una  transición de crecimiento cuantitativo a una de desarrollo cualitativo y sostenible.

 

Además, un tono más nacionalista en China no necesariamente significaría una China más agresiva, ya que la historia ilustra que ni el militarismo ni el expansionismo han sido características que definen a un país.

Si uno toma la historia a lago plazo como referencia, China nunca colapsó; simplemente se cerró de su entorno. En la reforma y apertura de Deng, existe el entendimiento implícito del  riesgo de aislamiento. 

 

En otro giro de posibles acontecimientos, es el resurgimiento de China el que podría estar hipotéticamente en la fuente del antagonismo sino-occidental. Sin embargo, después de lo que el país recuerda como los 100 años de humillación por las secuelas de las Guerras de Opio, no hay señales alarmantes de una narrativa vengativa atacando a occidente o a Japón.

 

China no atribuyó a otros la responsabilidad de su dolorosa marginalización después de la revolución industrial; resurgió no culpando factores externos, sino reformándose a si misma. El énfasis de Deng en la noción de reforma ilustra esta característica.

 

China consiente de los riesgos en el cambio del orden mundial

 

En cualquier conversación sobre los determinantes de la lógica de la oposición sino-occidental,  uno tiene que tomar en  consideración el hecho de que China sigue reafirmando su estrategia de ascenso pacífico. Al hacerlo, Pekín reconoce los riesgos inherentes a cualquier reacomodo importante de poder, mientras demuestra confianza en su capacidad de gestionar sabiamente un proceso de cambio. 

 

China aspira a ser relevante pero no dominante; su búsqueda de centralidad no debe ser confundida con una movilización armada para la hegemonía o incluso el liderazgo global.

 

Si un escenario antagonista es muy improbable, ¿significa que la cooperación definirá el futuro de las relaciones sino-occidentales?

 

Tratando con una serie de dificultades, China y occidente han demostrado que pueden tener una colaboración productiva (misiones de paz de la ONU, la lucha contra la proliferación nuclear, el acuerdo nuclear de Irán, contraterrorismo y el  Acuerdo de París sobre el cambio climático).  Pero si bien las dos partes saben como cooperar cuando han identificado una amenaza en común, también difieren en la interpretación de varias cuestiones de seguridad y política.  

 

La OTAN y China evolucionan en cursos separados, pero incluso si se están produciendo intercambios entre ellos, una articulación cooperativa entre la alianza militar occidental y el Ejercito Popular de Liberación no se materializará en un futuro cercano.

 

Mientras China y Rusia rápidamente enriquecen su asociación estratégica, occidente ha impuesto sanciones a Moscú después de la crisis de Ucrania. 

 

Un déficit de confianza ya afecta a las interacciones sino-occidentales en el  dominio de la seguridad (ni los Estados Unidos ni la Unión Europea pueden vender armas a China y las reivindicaciones territoriales en el mar del Sur de China son una fuente de desacuerdo), pero en el ciberespacio, resulta estratégica la desconfianza que complica las relaciones sino-estadounidenses.

 

Desde 1949 los sistemas políticos chinos y occidentales han estado operando con distintos entendimientos de legitimidad, y mientras China ha estado evolucionando  en los últimos 40 años de gobernanza en la que el estado de derecho es cada vez más central, uno no debe esperar que los dos sistemas coincidan.

 

Entidad soberana  con rasgos de una civilización  única

 

Fundamentalmente, China se comporta como una entidad soberana que ha heredado las características de una civilización única. El renacimiento chino hoy en día no se trata de una ruptura con el pasado, sino de un equilibrio entre las nuevas formas de gobernanza y las antiguas prácticas sociopolíticas.

 

En cierto modo, una de los principales contraargumentos de la vida real a la narrativa de Francis Fukuyama “El fin de la historia” es el renacimiento chino y sus efectos en el sistema mundial. Modernización, desde una perspectiva china, no puede ser sinónimo de occidentalización. En el espectro que va desde la confrontación a la cooperación, desde el “Choque de civilizaciones” de Huntigton al “El fin de la historia”, los matices y las complejidades geopolíticas coexistentes probablemente marcarán las relaciones sino-occidentales.

 

China y occidente no están de acuerdo en todo, pero tienen bastante en común para reconocer que el diálogo y la negociación son las herramientas más importantes para reducir sus divergencias y ampliar sus convergencias.

 

En su acercamiento estratégico a China, occidente tiene que tomar en consideración el hecho que a través de la historia, el reino del  medio ha tenido periodos de apertura al mundo – dinastías Tang (618- 907) y Song (960- 1279) o la Ming (1368- 1644) del emperador Yongle – y periodos de aislamiento.

 

El mundo se beneficia de una China abierta (el tamaño de su mercado, la creación china de valor económico a través de los continentes, los acuerdos sino-occidentales para enfrentar las amenazas globales), los periodos chinos de grandeza también fueron periodos de apertura.

 

Tanto para occidente como para las fuerzas chinas del progreso, el verdadero peligro que se debe evitar es el regreso de una China aislada ya que iniciaría una era de des-globalización, así como también se daría fin a las promesas del renacimiento chino.

 

Es en este contexto que los líderes políticos y económicos occidentales tienen que actuar como catalizadores de la apertura china. Hay evidentes interacciones entre gaige (reforma) y kaifang (apertura), los dos componentes más importantes de la política de Deng, pero es el nivel de apertura el que determina la naturaleza y la intensidad de las reformas.

 

China, alejada del aislacionismo complaciente

 

 

Con la nueva iniciativa de la ruta de la seda, una visión exterior sin precedentes en el contexto histórico chino, el presidente Xi Jinping socavó  las fuerzas conservadoras que prosperarían en proporción a la desconexión China con el mundo, elevando la política de Deng de apertura, conduciendo al país aún mas lejos del aislacionismo complaciente.

 

Al sospechar de los motivos del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, uno de los mecanismos de apoyo financiero internacional de la iniciativa de la franja y la ruta, los Estados Unidos se pierde la oportunidad de acompañar a China en su apertura. Aunque ha sido más receptivo a la iniciativa diplomática de Xi, la Unión Europea podría ser más proactiva en la creación de sinergias a lo largo del eje Afro-eurasiático.

 

En la década de 1950, el primer ministro Zhou Enlai adelantó la noción de coexistencia pacífica. En el siglo XXI, coexistencia entre occidente y China no ha de ser únicamente pacífica, pero también mutuamente transformativa.

 

Las formas que una coexistencia mutuamente transformativa puede tomar son muchas, pero la UE está ciertamente posicionada para ser un eficaz catalizador de la apertura de China, mientras que China es potencialmente un catalizador poderoso para una mayor cohesión europea.

 

La UE debe entrar a la era digital con una ambición renovada

 

La revolución digital está teniendo un gran impacto en las dinámicas de la sociedad china, pero la China digital invita a Europa a entrar en la era digital con una ambición renovada. La potencial creación de valor de las tecnologías de inteligencia digital o artificial es limitada y, como tal, se presta como una invitación para ir detrás de los enfoques de juego de suma cero y abrazar la interdependencia dinámica.

 

China está al inicio de una gran revolución empresarial. En el 2015, se establecieron alrededor de ocho empresas privadas por minuto en el país – 12,000 al día. La conexión entre empresarios privados chinos y occidentales, la cual tiene que ser apoyada y fomentada, garantiza la continuación del proceso de apertura de China y crea una nueva economía global a la vez que valores sociales.

 

La modernidad occidental ha contribuido positivamente a la transformación de China, pero una China metamorfoseada y global pueden llevar al mundo a otro nivel de prosperidad y desarrollo humano.

 

Si la noción de coexistencia pacífica nos impide caer en una lógica de confrontación, el concepto dinámico de una coexistencia mutuamente transformativa nos lleva aún más cerca de una lógica de cooperación. 

 

David Gosset es fundador de Foro Europa- China (2002) y de la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (2015). Este artículo es una parte del libro “The Sleeping Giant Awakes”, editado por China Watch.

Publicado en China Daily, 15 de diciembre, 2018.