Opinión

David Gosset


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2019/01/15Entendiendo el renacimiento cultural e intelectual chino

Occidente debe mirar a China con ambición y confianza por al menos cuatro razones. En primer lugar, el principal factor de cambio en el mundo es el resurgimiento de China. Desde 1978, analistas han subestimado constantemente los riesgos asociados a las dinámicas del país asiátio, mientras que los hecho no son equívocos: En 1980, la producción económica de China fue tan solo el 7%  de la economía de los EEUU, en 2025 se calcula su PBI  superará el de EEUU, y para el 2045, se estima la economía China llegue a ser el doble de la economía de los EEUU.

 

En  segundo lugar, no se tiene en cuenta que la interdependencia global se intensificará en el futuro,  las crisis ciertamente afectan a la globalización pero la desglobalización  se ha convertido en una hipótesis  académica, la conectividad y conexión incrementarán con el desarrollo de  la tecnología. En este contexto, occidente es parte de la solución a los problemas de China y viceversa, compartimos un destino común en un planeta donde los recursos naturales disminuyen y  la población aumenta.

 

La comprensión tradicional China del universalismo es un catalizador para la globalización. Mientras que Europa ha puesto históricamente gran énfasis en lo particular (ciudades, reinos, Estados-nación), China se ha dirigido a menudo a lo universal, la noción abundante de Tianxia-bajo-el- del-cielo.

 

En tercer lugar, el resurgimiento chino no tiene que ser sinónimo del declive occidental. El regreso de  China a la centralidad y la modernidad occidental son fundamentalmente compatibles. 

 

En cuarto lugar, uno no debe asumir que las relaciones sino- occidentales varían en una escala que abarca desde mutuamente antagonista a mutuamente beneficiosa. Otro paradigma puede servir como motor y brújula para nuestras acciones: las relaciones sino-occidentales pueden ser mutuamente transformativas.

 

El renacimiento chino no debe ser entendido como un catalizador de la globalización o un factor de integración, pero como un promotor de la comunidad global al abrir nuevos horizontes económicos, políticos, intelectuales y artísticos.  El renacimiento chino amplía la representación del pueblo chino ante el mundo y también expande un sistema mundial que ha sido, hasta cierto punto, contradictorio por más de cinco siglos.

 

Mientras que en el siglo 21 China sigue enfrentando desafíos externos e internos, se podría argumentar que por primera vez en la historia del mundo un proceso de globalización y una gran convergencia económica están creando las condiciones para una comunidad global  más cohesiva.

 

Contrariamente a lo que podrían sugerir las evaluaciones parciales, China no  es un obstáculo para un periodo de ilustración. Así como hace seis siglos el renacimiento italiano reafirmo la posición central  del hombre y abrió un periodo de progreso,  creatividad  e innovación al continente  europeo, el renacimiento cultural e  intelectual chino puede señalar un movimiento humanístico en el siglo XXI. En ese sentido, el resurgimiento de China no debe ser percibido como una amenaza sino como uno de los mayores catalizadores de un nuevo periodo axial.

 

El clásico de Jacob Burckhardt “La civilización del renacimiento en Italia” presenta un capítulo sobre "el descubrimiento del mundo y del hombre" cuya apertura es una poderosa síntesis: "Liberado de los innumerables lazos que en otras partes de Europa demostró el progreso, habiendo llegado a un alto grado de desarrollo individual y siendo educado por las enseñanzas de la antigüedad, la mente italiana ahora se volvió hacia el descubrimiento del universo exterior, y a la representación de ella en el habla y en la forma ".

 

Las palabras de Burckhardt son mutatis mutandis, los contornos de las dinámicas contemporáneas chinas: desarrollo económico, la emancipación del individuo y la reinterpretación de la tradición clásica china han creado las condiciones para las travesías de China por el mundo.

 

Mientras que la primera globalización ha sido provocada por la energía y la curiosidad europea, el motor de la segunda globalización es, a cierto modo, la extroversión de China.

 

La apertura de China ya ha enriquecido a la comunidad global. Si occidente se abre a las posibilidades que el renacimiento chino ofrece, el intercambio sino-occidental no solo será mutuamente beneficioso – el win win cuantitativo y objetivo-  si no será mutuamente transformacional - un proceso cualitativo y casi sin limites creativos de valores y bien común.

 

Las comunicaciones y tecnologías han suprimido las distancias, el planeta se ha reducido en el proceso de la globalización, pero simultáneamente los diálogos entre civilizaciones  han ampliado nuestro horizonte y nuestro mundo, y es de estos nuevos territorios inmateriales, que se puede imaginar un futuro mejor.

 

Un universo en expansión de ideas, posibilidades y esperanzas para un planeta comprimido, esta es la enriquecedora paradoja de nuestro nuevo mundo.

 

En una era de renacimiento, uno tiene que considerar su propia transformación para recrearse, un potencial que ha sido el fulcro de los momentos más importantes de la historia europea o china. En su obra “Oración de la dignidad del hombre” , Giovanni Pico Della Mirandola resume el espíritu y el poder del renacimiento: “Usted,  sin límites ni fronteras, puede elegir por sí mismo los límites y fronteras de su naturaleza ... A usted se le otorga el poder de degradarse de la manera más baja ... y a usted se le otorga el poder de su intelecto y juicio para renacer en formas superiores…”

 

En la clásica China, el sabio Lao Zi, un maestro del arte de la metamorfosis, señaló nuestra libertad y responsabilidad: “Quien tiene espacio dentro de si mismo para todo es alguien sin prejuicio y es parte de una comunidad de sentimiento con todo…  de esta comunidad de sentimiento viene una realeza de carácter, y él que es como un rey pasa a ser como el cielo."

 

 El autor es fundador del Foro Europa China y estableció la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda.