Opinión

David Gosset


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2019/03/20China y Occidente: Reflexiones sobre historia, filosofía y arte



Desde la Revolución Industrial, Europa y su extensión más joven a través del Atlántico, los Estado Unidos, han sido potencias cada vez más dominantes. Sin embargo, la consolidación gradual del renacimiento chino altera radicalmente el peso relativo de Occidente con respecto a los asuntos globales.

 

El siglo 19 no es solo multipolar, sino también multiconceptual. En una aldea global donde el avance del transporte y las comunicaciones ha suprimido distancias geográficas, los poderes continúan interactuando mientras que las más antiguas civilizaciones siguen coexistiendo.

 

Mirando a la reciente transformación de China, especialmente desde el lanzamiento de su proceso de reforma y apertura, Occidente esperaba una profunda occidentalización del gigante asiático. En vez, se tendrá que ajustar a una realidad mucho más compleja: una China moderna como uno de los componentes de un mundo multiconceptual donde la modernidad toma distintas formas.

 

En este contexto, la característica mas reprochable del periodo político que ocasionó la elección de Donald Trump como presidente de EEUU es la noción de un antagonismo absoluto entre los valores chinos y occidentales.

 

Occidente y el lejano oriente se juntaron durante encuentros intelectuales a lo largo del siglo pasado; interacciones entre Martin Heidegger (1889-1976) y Kuki Shuzo (1988-1941) o Tesuka Tomio (1903-1983); el diálogo entre Arnold Toynbee (1889-1975) y Daisaku Ikeda (nacido en 1928); las conversaciones entre Carl Gustav Jung (1875-1961) o Ezra Pound (1885-1972) son referencias de intercambios interculturales.

 

Un renovado y serio diálogo intercultural entre Occidente y China pueden revelar que hay profundos elementos de convergencia entre dos tradiciones que, contrario a lo que sugiere Samuel Huntington (1927-2008), no están destinadas a colisionar.

 

Ciclos económicos y financieros, historias difundidas por la  prensa, las vicisitudes de los negocios, la lucha sin fin por el poder, la enorme resonancia de las redes sociales, son parte de una realidad multidimensional, pero cualquier consideración en las relaciones entre civilizaciones implica una reflexión sobre la historia, filosofía y arte.

 

La confrontación militar en el Pacífico entre Japón y los EEUU que terminó con el uso de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki constituye uno de los capítulos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial.  Sin embargo, las raíces de esta destrucción insana fue el nacionalismo occidental del siglo XIX y las rivalidades entre las naciones europeas, que, luego de la unificación de Alemania, llevaron a la Primera Guerra Mundial.

 

Mas allá de los discursos omnipresentes sobre las rivalidades estratégicas sino-occidentales o los debates teóricos sobre la “trampa de Thucydides”, el patrón real que una visión a lo largo de la historia demuestra es una compatibilidad sorprendente entre la civilización china y las civilizaciones occidentales.

 

Se puede decir que por un largo periodo, fue la distancia geográfica la que impidió que China y Occidente se enfrentaran directamente en una escala masiva. Cuando el imperialismo europeo obligó a la dinastía Qing (1644- 1911) en declive a cumplir con sus rapaces demandas, las dos partes colisionaron. Más importante aún, no fue la diferencia entre culturas, sino el violento expansionismo occidental lo que ocasionó estas confrontaciones.

 

La compatibilidad sino- occidental también se explica, hasta cierto punto, por el hecho que ambas civilizaciones son humanistas. Han evolucionado y persistido bajo formas distintas y ponen esencialmente la dignidad del hombree al centro de sus preocupaciones, una dignidad nutrida por mecanismos sociales objetivos y cultivo propio.

 

Mateo Ricci (1552- 1610), quien curiosamente es más recordado en China que en Europa, fue capaz de articular el confucianismo y algunos de los principios más importantes del cristianismo usando su conexión en relación con la dignidad del hombre. El principio de acomodación sabiamente puesto en práctica por los jesuitas habría sido menos fácil de implementar en un contexto de mayor distanciamiento cultural entre ambas tradiciones.

 

En general, aquellos cuya elección es vivir durante un largo periodo la experiencia intercultural y no solo para especular sobre ella como un objeto de estudio académico, son más capaces de comprender la dinámica y las implicancias de la acomodación. Experimentan una diferencia que nunca es absoluta, son muy conscientes de la dificultad de interpretar mientras, al mismo tiempo, saben que la interpretación y el entendimiento mutuo son posibles.

 

Ya sea en Occidente, por ejemplo a través de François Jullien, o en China, con la importante contribución de Gu Zhun (1915-1974), algunos teóricos miran a la dinastía china Zhou – especialmente la Zhou Oriental (770 – 256 AC) – y a la Europa grecorromana como las fuentes de una divergencia esencial entre dos tradiciones. Este enfoque tiene que ser matizado.

 

Obviamente, la filosofía griega y el pensamiento tradicional chino operan de manera distinta. Pero hay también algunas correspondencias entre el ambiente intelectual grecorromano y la China clásica. Por ejemplo las similitudes significativas entre el confucianismo y el estoicismo, entre los historiadores Thucydides (460-400 AC) y Sima Qian (145- 86 AC), o entre los cínicos y los zhuangzi (3690286 AC), han sido todas estudiadas y comentadas. 

 

La noción de una “edad axial” no habría sido conceptualizada por Karl Jaspers (1883- 1969) sin los aspectos comunes existentes entre la dinastía Zhou y la Europa grecorromana.

 

Con la construcción de la modernidad occidental, la afinidad entre China y Occidente se volvió más evidente. Más preocupada por las realidades temporales que lo supernatural, separando la religión de los asuntos públicos, la ilustración europea llevó a Occidente aún más cerca de China.

 

El literato francés René Etiemble (1909- 2002) presentó en su obra “L’Europe chinoise” (1988) el impacto profundo que la tradición china tenía sobre la Francia del sigo XIIX. Existe, en efecto, una alineación conceptual entre el secularismo de la modernidad occidental y la inmanencia de la ética confuciana.

 

El fenómeno de fertilización cruzada también puede ser interpretado como señal de una cercanía entre ambas tradiciones. El eco de la noción  de la “Ruta de la seda” parece casi infinito, pero no por lo que describen las transacciones materiales a través de las rutas que cruzan Eurasia, sino porque más allá del paso del tiempo, es una poderosa metáfora para la fertilización cruzada entre Oriente y Occidente.

 

Por una parte Leibniz (1646-1716) y Voltaire (1694-1778) se han inspirado profundamente en la cultura china, mientras que en el siglo XX ha sido posible por la China post imperial adoptar el republicanismo y socialismo, conceptualizados primero por mentes occidentales ya que no estaban en total contradicción con la cultura china. Para que el socialismo sea “achinado”, fue necesario que los círculos intelectuales chinos lo articularan primero, con algunos patrones orgánicos de la tradición china.

 

La magnum opus de Qian Zhongshu (1910-1998) se construye alrededor de la noción  de Da Tong, la misma posibilidad de “golpear conexiones” entre las tradiciones chinas y occidentales. Enfoques Limitados de Qian – Guan Zhui Bian – una rara expresión de erudición inteligente, ilustra, a través de la crítica literaria, que a pesar de las diferencias entre occidente y China, permanecen a una distancia que permite elucidación e iluminación mutua. Enfoques Limitados es, es ese sentido, una de las más notables expresiones del efecto de la “Ruta de la seda” como metáfora para fertilización cruzada entre tradiciones intelectuales distintas.

 

La obra maestra de Qian Zhongshu es la evidencia de que una igualdad pura y una alteridad absoluta son simplemente mitos. En esta perspectiva donde matices pensativas  son lo que importa, China y Occidente están en una relación parecida a la del yin y el yang; son dos polos simultáneamente dentro y fuera uno del otro en una articulación mutuamente transformadora.

 

El arte de Zhao Wuji (1920- 2013) es la visualización de esta articulación transformativa;  pero también lo son las pinturas de Olivier Debré (1920- 1999) o las de Pierre Soulage. La emoción estética que uno puede sentir frente a sus creaciones es la intuición más directa de las formas que las relaciones transformativas sino- occidentales pueden tomar.

 

David Gosset es fundador del Foro Europa- China (2002). Es autor de “Enfoques limitados en el renacimiento chino” (2018).

 

Publicado en China Daily el 20 de febrero de 2019.